sábado, diciembre 11, 2004

Blanca y radiante va la salsa (*)

Atienda, lector. Sí sí, acérquese un poquito. Más.
Así está mejor.
Preste atención y shhhhhhhh, guarde el secreto que va a leer acá abajo. Porque todos quieren saber cómo se hace, pero pocos lo consiguen.
Entonces captúrese 1/4 pan de manteca, 2 cucharadas de harina (leudante NO!), taza y media de leche.

Primero, ponga la manteca a derretir en una cacerola/sartén honda. Tenga la leche a mano, nada de poner la cacerola al fuego y rajar a la heladera (es más, convendría que no fuera leche fría, sino a temperatura ambiente)
Y ahora atienda, porque este es el paso fundamental.
Antes de echarle las dos cucharadas de harina a la manteca, RETIRE LA CACEROLA DEL FUEGO.
Vierta entonces en la cacerola desfuegada la harina, y revuelva con cuchara de madera hasta integrar. Ojo con la harina, que no quede una goma: mejor poner un cachín de menos y agregar después un poquito, que andar fabricando chicles de trigo.
Prosigamos. (Y ojo que todo lo que sigue tiene que ser sincronizado como afano a un banco.)
Antes de volver a poner la cacerola al fuego, PONGALO EN MINIMO, POR EL AMOR DE BUDA! // Vaya vertiendo la leche de a poquiiiiiiiiiiito, de a poquiiiiiiito al tiempo que revuelve con la cuchara de madera como si en ello se le fuera el sueldo. Si ve que se le hacen las famosas bolitas, no desespere: pare con la leche un poco, revuelva hasta desintegrar las bolitas, y añada el resto después.
Nuez moscada y sal, a gusto.

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Para tener la sartén por el mango:

Siempre que a una salsa blanca le quieras agregar harina para que espese, sacá la cacerola del fuego, incorporá la harina en forma de lluvia, y revolvé permanentemente. Si no, se estropia.

(*) Dedicado al Sensei, salsa y vietconga ligan.