lunes, noviembre 22, 2004

Ansias orales

Las mujeres que me gustan me dan hambre. A veces, también me dan otras cosas, pero siempre generan en mí una urgencia alimenticia acerca de la cual poco puedo explicarles. A la larga, mis relaciones se complican, las mujeres se van y yo quedo con cinco kilos de más. Por lo menos.
Aunque no tengo la certeza, todo podría haber empezado con Martina, quien tiernamente me sugería: “¡tragá o te mato!”. Era una chica de modales excéntricos y unos tatuajes azules que, según explicaba, se había hecho en Ezeiza. Pinta de azafata no tenía, pero no le quise preguntar más, porque siempre me hacía una seña como que me iba a cortar el cuello y, la verdad, se me disipaban un poco las ganas de interrogarla.
Ahora que lo pienso bien, tal vez la mayor influencia venga de mi época de citas a ciegas. Les pedía a las chicas que fueran con los ojos vendados y nada de espiar. Yo hacía trampa y aprovechaba para comprarme panchos o pelar salamines. Recuerdo esas tardes de biografías femeninas y masticación: la de los muñequitos de papier mache, la peronista, la que le gritaban cosas en la calle, la entrerriana. Con ninguna tuve muchos sentimientos y la que mejor me impactó fue aquella que se sacó la venda y me encajó una patada en la cara.
Como dije, no podría asegurarlo, pero sospecho que en esos periodos de mi vida está el origen de mis ansias orales.
Saludos a Susana y a Jazmín.